lunes, 23 de abril de 2012

Redondas desprendidas del agua de la mañana

Después de una ducha matutina, las dos están mucho más calmadas, pero aún en movimiento. 
Hasta hace pocos minutos ambas pegaban dinámicos saltitos, rebotaban entre sí, e incluso con otras, chocaban contra las paredes, contra las cortinas, contra los productos cosméticos, contra las llaves del baño.

Siempre han sido muy juguetonas, muy saltarinas, muy cambiantes, muy cinéticas. 
El baño, con paredes de baldosa, queda siempre empapado después de la inquieta, agitada y tormentosa aparición de ellas.

Pero poco a poco, una vez que la ducha se ha terminado, una vez que la puerta se ha abierto, una vez que las llaves se han cerrado, va desapareciendo, muy lentamente (y casi de forma imperceptible), cualquier vestigio de que han estado ahí. Sin embargo, las más de las veces, sobre todo en los días muy húmedos, permanecen arraigadas al cuarto de baño el mayor tiempo posible, a menos que alguien se los impida, pero esto último es poco común.

Sin embargo, cuando alguien abre las ventanas, o la puerta de par en par, se van yendo, más rápida o más lentamente, dependiendo del frío que embriague la mañana.

Cuando todavía yacen recostadas de alguna baldosa de la pared del baño, se escurren, alcanzando a la que se encuentra más abajo, se unen, intercambiando roles, juntas se mueven, formando otra (más grande), se acompañan, resbalándose como desde un tobogán... 

Bailan a un ritmo natural, gravitatorio, suave en ocasiones, o incluso de forma entrecortada en otras... se aumenta el ritmo, veloces, se desbocan..., ligeras, sueltas, sencillas, únicas.  
Dentro de la misma baldosa se divierten durante un tiempo para nada prolongado, pero que viven con intensidad. 

Y, de repente, en un largo y asfixiante abrazo, deciden lanzarse al abismo, entre la grieta de una baldosa y otra, regalándose al suicidio, a la extinción, al conformismo de su desaparición.



Ahora la baldosa está seca, esperando que otras dos, o más, al siguiente día, vuelvan a sufrir sus fuerzas intermoleculares intensamente; vuelvan a incluirla en su juego de capilaridad; vuelva a producirse el hermoso fenómeno de una menor o mayor tensión entre ellas, conforme a los cambios de temperatura; vuelva a ocurrir el milagro alegre, silencioso, escurridizo, inevitable. 

domingo, 15 de abril de 2012

Centro de Pintura de las Llamas Doradas. Tarsilio se arriesga.

Al Centro de Pintura de las Llamas Doradas, CEPILLADO, asisten cincuenta personas. No todas reciben el taller de pintura al mismo tiempo. La mitad más uno recibe el curso, dos veces por semana, de 6pm a 7y30pm, y el resto de 7y30pm (aunque realmente comienzan a las 7y45pm) hasta las 9pm. Esta división se hizo tomando como base las edades de los participantes, los ancianos para un lado, los no tan ancianos para el otro. Hay ancianos muy ancianos que no quieren pintar con los otros muy ancianos, así que discutieron, arrogantes, petulantes, indignados, que su técnica y concepción del arte y del mundo se parece más a la empleada y concebida por los menos ancianos, así que decidieron, arbitrarios, sin permiso del director del centro, cambiarse de horario.

El CEPILLADO es un espacio bastante tranquilo, que comienza sus actividades, precisamente, a partir de las 6pm, después de que culminan las clases de educación básica dictadas en el mismo espacio. En la entrada de CEPILLADO hay una enorme pecera, que Tarsilio últimamente estaba observando muy sucia. En la pecera hay caracoles y peces, todos juntos, conviviendo. Sin embargo, la última vez que Tarsilio fue a CEPILLADO vio (o quiso ver) la pecera más limpia, aunque al salir del taller, le pareció una mera ilusión, así que bajó la cabeza, pensativo y algo perturbado. Mientras espera que se dé inicio al taller de las 7y30pm (que siempre comienza más tarde por lo que, usualmente, semana tras semana, repite en su interior: "hubiese terminado de regar las plantas antes de salir corriendo para llegar puntual"), Tarsilio observa la pecera, embobado. Se cuestiona mil cosas mientras persigue con su vista a los peces anaranjados, los más gorditos, que en más de una ocasión le parecieron tontos embarazados, chocándose entre sí y nadando luego, desconcertados, de un lado para el otro. Luego, detiene su mirada en los caracoles grandes, después en los más pequeños, los recién nacidos (que parecen "langostas pulgarcitas"), pegados a las paredes de la pecera, observando y admirando sus lentos movimientos, su calma, su parsimonia. 

Tarsilio, al contrario de los caracoles que observa atento cada vez que tiene ocasión, nunca ha podido estar calmado. De hecho, siempre está apurado. En una reunión con amigos cercanos confesó que en múltiples ocasiones se le viene una angustia al pecho, que le tranca un poco la garganta, el esófago, algo así, no lo supo definir bien porque sus conocimientos de medicina son casi tan limitados que podríamos decir que sólo sabe describir las partes externas que conforman su cuerpo, y que "ahí" (señalándose el pecho y recorriendo su mano hasta la garganta) le comienza una especie de angustia, un desespero, un ahogo, una asfixia, que lo lleva a salir corriendo. Usa tanto esa expresión ("salir corriendo") que sus charlas se tornan siempre aburridas no sólo por lo mucho que la utiliza, sino también por lo rápido que habla, atropellándose con las palabras y respirando profundo al final de las frases, siempre más largas y menos pausadas de lo común. En esa misma reunión confesó que, de chiquito, una vez que había hecho todas sus tareas, que había almorzado, que se había cambiado la ropa del colegio, que había llamado por teléfono a sus papás (que vivían lejos de la ciudad), que había ayudado a su abuela a sacar la basura, salía corriendo a la terraza del edificio gritando "LIBRE" a todo pulmón. ¡Y qué pulmón! Incluso una de esas tardes inundadas de gritos de libertad, una vecina metida, de esas que nunca faltan, subió a enfrentar a la abuela de Tarsilio, porque estaba muy sorprendida y preocupada de escuchar, todas las tardes, una voz aguda que, desesperada, emitía alaridos desagradables más o menos a la misma hora. La abuela de Tarsilio, muy apenada, bajó la cabeza y le dijo que no volvería a ocurrir, que son cosas de muchachos, que no se preocupe que ella le pone reparo al nieto. Pero cuando la vecina metiche se dio media vuelta, la abuela no hizo otra cosa que reírse a carcajadas. Una vez que hubo cerrado la puerta, llamó a Tarsilio y le contó lo sucedido, tras lo cual las carcajadas se redoblaron. La relación de Tarsilio con su abuela era envidiable, eran mejores amigos, incluso sin saberlo... se contaban todo, se reían de todo, sufrían juntos por todo. Así que cuando veían a la famosa vecina caminando por la vereda hacia el edificio, si ellos venían también, apuraban el paso, como corriendo, para cerrar la puerta tras de sí y subir solos en el ascensor, sin tener que cruzarla, intercambiar miradas o frases con ella, total, era una "vecina muy metida", como decía siempre su abuela. Y la gente metida nunca es bienvenida. Así que esa manía de correr (y angustiarse) le viene desde pequeño.

Pero nos estamos alejando mucho de la historia real, de la que ya no pertenece a los recuerdos, de la del CEPILLADO, de la de Tarsilio y todo lo demás. Una vez que nuestro angustiado perenne ya no vivía con su abuela, ni mucho menos con sus padres (porque estaba bastante crecidito), pero tampoco andaba por el mundo del todo solo (aunque de esos pormenores no nos ocuparemos ahora), y se quedaba alelado frente a los movimientos ágiles de los peces y de los prácticamente inexistentes movimientos de los caracoles, en más de una oportunidad, se acercó (con los aspavientos propios de un adolescente, aunque conteniéndose  un poco porque ya no tenía la corta edad que pudiera justificar tal comportamiento) a reclamarle, muy educadamente, bastante apenado de hecho, al director del CEPILLADO que tenía que contratar a alguien para que limpiara la pecera. Que era muy injusto sacar a los animales de su hábitat para venirlos a encerrar en un espacio que además de pequeño, estaba sucio. El director lo evadía, miraba para otro lado, le decía que estaba demasiado ocupado para atenderlo. Hasta que un día, sin más, sin previo aviso, sin esperárselo, Tarsilio vio que la pecera estaba más limpia. Y le sonrió al director. No sabemos si el director lo vio sonreírle, pero sabemos que él sí lo hizo. Luego, entró al taller.

¿Para qué detenernos en la descripción del profesor, ya viejo, si basta con decir que era un personaje que sin duda sabía, y mucho, pero que no sabía expresar todo lo que sabía porque además de hablar en un tono muy bajo, lo hacía sin pasión? Tarsilio sentía un poquito de simpatía por el anciano pintor, pero respeto no mucho, por eso del tono de voz y la poca pasión. Pero igualmente seguía asistiendo porque estaba seguro de que aún le faltaba mucho por aprender. Pintar no se trataba de algo innato, no señor, debía, según él, adquirir técnicas..., que si utilizar la iluminación a su favor, que si cómo mover el pincel sobre el lienzo, que si los planos, que si el estilo, que si la simetría, que si la profundidad, que si las nuevas técnicas con cepillo (haciendo gala y mención al nombre de la institución), que si la regla de la sección dorada, que si el relieve, que si la mezcla de colores y la gama cromática, que si por algo lo llaman arte... en fin, era mucha y muy importante información y no debía perderse ni un solo detalle. Así es que Tarsilio soportaba dos veces por semana el tono grave y monótono del profesor, lo seguía atento, anotaba en una pequeña libreta cuanto podía, y cuando no tenía la oportunidad de anotar, porque tomaba en una mano el pincel o el cepillo y en la otra la paleta de colores, iba guardando en su memoria y organizando cada una de las palabras pintadas pronunciadas por el aburrido maestro. Tarsilio, sin embargo, estaba lejos de ser el mejor del taller. Era, digamos, mediocre. Pero tenía toda la intención de superarse, o al menos eso repetía siempre. A quienes podía iba preguntándoles qué tal me quedó este lienzo, qué tal aquel otro, que estuve toda la noche trabajando sobre él, que te lo regalo, que si te gusta, te lo llevo y lo colgamos en tu sala. Mucha gente lo ignoraba, sonreían y lo ignoraban ("tampoco como para colgarlo en mi sala", pensaban). Otros, sobre todo sus amigos, sus verdaderos amigos, lo elogiaban para alentarlo y para que se le quitara un poco la angustia. Y él lo sabía. Le enorgullecía tener amigos que lo alentaran, aun sabiendo que su trabajo no era el mejor. "Todavía me falta tanta técnica", se lamentaba diariamente, aunque esperanzado. Y continuaba yendo, perseverante.

En CEPILLADO, Tarsilio tenía un compañero de taller cuya descripción detallaremos fielmente para lograr que el lector capte el enorme desagrado que nuestro angustiado sentía hacia él. Este personaje, el casi autoproclamado rey de la pintura contemporánea, aparte de gordo, feo (o no tanto, pero que con la actitud parecía el hombre casi más feo del mundo entero) y de uñas extrañamente largas ("¿no le molestarán para pintar?", se cuestionaba con frecuencia Tarsilio), se creía, en efecto, que le habían otorgado un puesto inamovible en el reinado del color, cuyo tono del trono estaba aún por definir. Tenía un tono de voz que opacaba al de cualquiera que estuviera a su alrededor, y no tanto. Un tono de voz tan peculiar, tan penetrante, tan fuerte y elevado, que retumbaban las paredes, el techo (con todo y ventilador), las ventanas, los caballetes, los pinceles, los lienzos... y la grave, aburrida y sosa voz del profesor se veía aún más aplastada, arrasada, apartada, minimizada. Lo cual molestaba no sólo a Tarsilio (o al menos eso pensaba él), sino al resto de los asistentes. Este hombre muy blanco, cabello también muy blanco, nariz muy perfilada, de lentes, que usaba siempre sandalias con jeans (hiciera frío, hiciera calor, lloviera, hubiese tormenta eléctrica y/o un enorme etcétera), barba muy bien cortada, enmarcando su cara regordeta..., siempre, léase bien, siempre tenía algo que acotar. Algo que criticar, algo que hacer sobresalir, algo que hacer notar.


El rey del color, porque Tarsilio olvidó siempre su nombre o más bien nunca se interesó en aprenderlo, apodándolo para siempre El rey del color, corregía y juzgaba el trabajo de todos y daba, de forma muy tajante, opiniones que nadie le pedía. Incluso corregía al viejo maestro que sí era un verdadero rey del color en la pintura contemporánea, aunque no supiera muy bien cómo transmitir el legado, como coronar a sus alumnos. Cada vez que el anciano maestro y El rey del color tenían alguna discusión, Tarsilio hacía como que se le caía el pincel para  poder asomarse fuera del caballete y observar los ojos centelleantes del viejo al hacer valer su opinión frente a la de El rey del color quien, por su parte, no hacía más que interrumpir, elevar un poquito más su tono de voz y resoplar molesto por la nariz, como haría un caballo antes de prepararse para salir corriendo (como le provocaba hacer a Tarsilio cada vez que se desataba alguno de estos debates en el salón), alegando dicho rey que por supuesto él poseía, con certeza, la razón. Clase tras clase Tarsilio se cuestionaba acerca de la presencia del gordo rey: "¿para qué viene, si ya sabe todo y más?", "¿por qué viene a perder el tiempo, a hacernos perder el tiempo y a corregirnos, en lugar de dictar su propio taller?", "¡veremos qué dice ahora el insoportable!", "¡qué tono de voz, qué atropelladas sus críticas, sus frases insensatas", "¡qué descaro, cómo logra interrumpir constantemente la clase haciendo sonar y jugando con los pinceles contra el lienzo!"... Por más que Tarsilio intentó ignorarlo, hacer caso omiso de su presencia, nunca mirarlo a la cara, para evitar mostrar algún interés en sus opiniones y razonamientos (que  en ocasiones bien fundamentados parecían, a pesar de toda la petulancia), evadirlo a la entrada o a la salida del taller, El rey del color siempre le seguía pareciendo insoportable y que opacaba cada una de sus clases post - mirada de pecera y post - cerciorarse de que "esta vez sí la limpiaron".

Una noche, cuando el maestro pidió a una de las alumnas que mostrara su pintura y que fuese detallando por qué había empleado tal o cual técnica, o por qué se había inclinado hacia tal estilo de representación, ella, antes de comenzar, le advirtió al rey: "Por favor, si vas a criticar, intenta que esa crítica no sea tan despiadada", y prosiguió. Tarsilio, quien en ocasiones era muy sensible y empático con sus compañeros de taller (aunque éstos ni lo imaginasen, porque Tarsilio no saludaba ni se despedía, siquiera, de ninguno de ellos), bajó la mirada, previamente avergonzado por la potencial crítica del inicuo rey. La alumna agregó que le daba algo de vergüenza exponer ella misma su obra, tras lo cual el maestro la alentó diciéndole que allí no había curadores que la analizaran, así que ella debía defenderse sola. Ella dijo que no sabía expresarse muy bien verbalmente, que por eso precisamente pintaba, pero el maestro volvió a alentarla. La alumna, por su parte, se defendió bastante bien en su exposición, alegando que iluminó así, empleó pinceladas sueltas y ligeras allá, mezcló colores acá y buscó equilibrio en la composición de tal manera, cual Velázquez, empleando la armonía de tonos de tal o cual forma; logrando captar la atención no sólo del maestro, sino de todos los asistentes, incluso la de El rey del color. Como esta vez el curioso e insufrible personaje no tenía mucho qué corregir, sólo se limitó a añadir: "Ahh, es que eres una de las típicas que dice que no sabe hacer tal o cual cosa, pero que después demuestra que la sabe hacer muy bien, en función de que los demás resaltemos, precisamente, lo bien que lo hizo". Silencio sepulcral, tras el desubicado comentario, después de todo, los seres humanos  más inteligentes tienden a ignorar al prepotente que siempre cree tener la razón. Así decía la abuela de Tarsilio. Y él, siempre recordaba sus sabias palabras.

Otra noche, al término del taller, Tarsilio tomó una determinación: se propuso perseguir al rey, al de las sandalias, al de la chiva blanca, al de las uñas desagradablemente largas, aunque no sucias. Perseguirlo no para acosarlo, ni para golpearlo, sino para intentar entenderlo. Así pensaba Tarsilio. Quería saber cómo vivía, con quiénes convivía, si tenía animales o plantas, si era a su vez profesor de arte, le intrigaba sobremanera el origen, desarrollo y posible muerte del hombre en cuestión. No pensaba matarlo, aunque ganas no le faltaran, además si hubiese querido hacerlo, no sabría cómo. Con esas angustias que lo atacaban, ¿cómo iba a poder manipular un cadáver hasta hacerlo desaparecer, si siempre parecía sospechoso con esas carreras que se mandaba?, ¿cómo sería entonces si de verdad llegara a convertirse en un culpable? Así que asesinar estaba descartado, al igual que suicidarse ("tampoco para tanto", decía, aunque ya comenzaba a volverse una obsesión convivir con la presencia de ese hombre en el salón, en su salón). Pero Tarsilio sólo quería entender. El rey del color, esa noche, salió un tanto apurado, daba algo de risa verlo caminar, bamboleante, de un lado a otro, cuando imprimía velocidad a sus pasos. Tarsilio iba detrás, a una distancia no tan prudencial, total, podían tomar el mismo rumbo, ¿no? El regordete se detuvo en seco y Tarsilio ahogó, cuanto pudo, un sorpresivo suspiro. El rey sacó del bolsillo derecho de su pantalón el celular y lo atendió: "Sí, diga, diga, no se escucha, intente de nuevo". Al segundo intento: "Sí, ah hola, salgo para allá, en media hora estoy, ¡muchas gracias!". Tarsilio, mientras tanto, un poco asombrado por la amabilidad con la que el otro había atendido la llamada, se quedó viendo una vidriera llena de muñecos de porcelana que asustarían a cualquiera que no fuese él, quien se había acostumbrado a una imagen que estuvo siempre colgada de la pared del cuarto de su abuela, protagonizada por unos muñecos muy similares, pero con caras algo diabólicas. Así que estos le parecieron incluso simpáticos. Luego, reanudó su marcha, tras el rey coloreador. Éste apuró todavía más su paso, casi trotando, se detenía cada dos o tres esquinas a tomar un poco de aire, ya que la barriga le apretaba hasta los pulmones (así pensaba Tarsilio, y reía para sus adentros).

Luego, el rey detuvo un taxi y se subió. Cual película, Tarsilio tomó un taxi, a su vez, y le indicó (cosa que siempre quiso hacer) al conductor que acelerara y siguiera al otro taxi, sin dar muchas explicaciones, sólo acotando que había olvidado entregarle a su padre unos pinceles que dejó olvidados en el instituto. El taxista, a quien mucho la explicación no le importaba, hizo caso omiso de la misma, y emprendió su rumbo, total, él siempre quiso seguir otro auto, como ocurría precisamente en los films. Al llegar a su destino, el rey coloreador bajó del taxi aún más apurado y Tarsilio, a su vez, lo siguió.



¡Cuál no fue la sorpresa de nuestro angustiado perseguidor! El rey de la arrogancia colorífera, bastante apurado, casi corriendo, entró en una galería de arte, cuyo pasillo hacia la izquierda, lo dirigía a una habitación separada, repleta de espejos de todo tipo (ovalados, cuadrados, rectangulares, grandes, minúsculos), en la cual saludó, efusivamente, a un vendedor, estrechando su mano con afecto. Éste se encontraba claramente agradado de ver al rey, quien por su parte se había detenido frente a uno de esos espejos, después del saludo, había dejado caer sutilmente al lado de su pierna izquierda el maletín con los elementos de pintura empleados, se había acomodado la barba, le había sonreído a su graciosa y robusta imagen, había hecho una pregunta inaudible para nuestro perseguidor al vendedor, el cual, al responderle, acotó: "Para ti 300, 20% de rebaja, una ganga, por ser siempre mi gran crítico de arte al que nunca escucho y al que probablemente nunca escucharé, mi potencial curador, mi amigo de la infancia, Tarsilio".          

domingo, 1 de abril de 2012

La enfermera

El ex convicto es invitado a una reunión, no llega entre los primeros, se hace un poco de rogar. Se aparece, de hecho, un poco más tarde. Es la primera reunión a la que asiste, después de cumplir su condena. Ha sido dejado en libertad aproximadamente un mes antes de ese evento. El ex convicto es muy delgado, estatura promedio para un suramericano, atractivo, buen cabello, buena sonrisa, mirada penetrante. El ex convicto sonríe, tímido, al presentarse a los desconocidos en la reunión. Los presentes ignoran que estuvo en la cárcel 364 días. Le sonríen, a su vez, tras un saludo fugaz con la mano. La mujer del ex convicto (quien sí sabe su secreto), había llegado antes que él para ayudar a su mejor amiga con los preparativos y lo esperaba ansiosa. Al verlo, lo saluda, animada. El ex convicto se sitúa en un punto del apartamento, que le permite tener una visión global de todos los presentes, de todo lo presente. El ex convicto disimula su nerviosismo, conversa con todos, se expresa muy bien. Una brasileña invitada, quien llegó prácticamente a freír los tequeños, saca una pequeña bolsa de su cartera. La bolsa contiene marihuana. Propone a los presentes divertirse un poco, casi todos se unen, ansiosos. El ex convicto sabe muy bien armar el porro. Lo prepara con sutileza, casi con ternura, se toma su tiempo, abre el papel, coloca la hierba triturada, la distribuye con calma, comienza a darle forma al porro, haciéndolo girar despacio y apretándolo en uno de los extremos: "ya está listo, vamos a volar". Así ha concluido. Algunos de los presentes, unos menos tímidos que otros, se acercan veloces, saben que se agota muy rápido. La mujer del ex convicto lo observa con atención, con admiración. Ella no prueba. Sabe que de ese arte puede disfrutar en otro momento, ahora es tiempo de los otros, no de ella. El ex convicto se siente admirado, se hincha un poco de orgullo al saber que todos lo rodean, todos lo esperan. Él, por su parte, se mantiene silencioso, es un momento de disfrute, no de griterío. Otra de las personas presentes toma el iPod entre sus manos y empieza a buscar canciones propicias para el momento. Todas resultan propicias. Al fin y al cabo ya cada quien está escuchando sus propias melodías. Muchos empiezan a reírse más de lo acostumbrado, a alguno hasta se le ocurre hacerse ahora el gracioso. Otros dormitan en el sillón. El ex convicto sólo le ha dado dos jalones, lo disfruta, callado. Recuerda que ha traído su propio alimento. No confía mucho en la comida que sirven en las fiestas o en las reuniones, e incluso ni siquiera en las casas de familia. Esa costumbre le viene de la cárcel, del rechazo que sentía por la comida allí servida. Entonces, generalmente, prepara él su comida o la compra en establecimientos de fast food, porque sabe que la cocina está en continuo movimiento. Tiene sus manías, como todos. Como ha recordado que la ha traído, empieza a buscar un lugar en la sala en el que pueda sentarse en paz y saciar su hambre, ahora más intensa, debido a las pitadas. Su mujer se acerca, le pregunta si necesita algo, un plato tal vez, él niega con la cabeza, dice que se irá pronto, que no quiere comer allí, delante de los otros. Ella, un tanto cabizbaja, le pide que se quede un rato más. Él niega con la cabeza, terco, obstinado. Sin embargo, la quiere. Y como la quiere tanto es capaz de aguantar el hambre, esperarse un poco más, compartir en el sillón uno o dos temas con los otros y luego irse. Irse en serio. No flaquear ante la mirada suplicante de ella. Ella lo comprende, siempre sumisa lo comprende. No exige más. Pero en sus adentros desearía que él no se apartara más. Nunca más. El ex convicto lo sabe, no únicamente porque ella se lo ha confesado en las largas noches de amor post - cárcel, sino porque él la conoce tanto que lee sus gestos, su mirada esquiva, los movimientos de sus brazos caídos, cansados, abatidos. Ella está ahora abatida. "No es nada personal, sólo quiero irme". Ella entiende. Siempre lo ha entendido. Lo besa con cariño, casi como lo besaría su madre. Le acomoda un poco el largo cabello hacia atrás y lo deja ir. Él lee (o cree leer) algo distinto en la mirada resignada de ella. No lo ignora, se va con ese pensamiento dando vueltas en su cabeza. Ella está evidentemente decepcionada. Esta noche era de ellos dos, de sus amigos, de todos. Él lo ha arruinado. El que trajo el ron se le acerca a ella, después de la partida del ex convicto, y le ofrece un trago. La mujer lo acepta. Acepta uno, dos, tres, cuatro rones. Ya no está muy segura qué ha pasado. Sólo sabe que él no está. Pero ya no le importa tanto como cuando estaba sobria, ahora logra escuchar la música, se relaja. Le pide a uno de sus compañeros que le alcance un libro de la biblioteca cercana al balcón (Gonzalo Torrente Ballester - Filomeno, a mi pesar. Memorias de un señorito descolocado), le ha llamado la atención el título. La reunión continúa.  

El ex convicto está de vuelta en casa. En su casa. En su mesa. Ahora, cena. Retira los restos, va a su habitación. Vuelve a armarse un porro. Esta vez no tendrá que compartirlo, eso lo reconforta. Corre a la cocina a los diez minutos de haber dado la última aspiración, se come una tableta entera de chocolate de taza. Regresa al cuarto, se duerme en seguida. Ella, su esposa, ha ido a bailar con los otros. Todos, un poco borrachos, están disfrutando bastante la noche. Muchos hombres la miran, la desean, es de una belleza natural envidiable, su único defecto, apreciable a simple vista, es que tiene un hombro un poco caído, producto de una rotura de clavícula un tiempo atrás. Le llueven propuestas, a todas se niega. Ama mucho al ex convicto.

Al siguiente día, el ex convicto la enfrenta, le pregunta por qué ha ido a bailar, qué esconde (recriminándole la mirada suplicante de ella la noche anterior, "una mirada que escondía algo, de seguro"), por qué no lo ha acompañado a casa. Ella, nuevamente sumisa, ofrece disculpas. A él realmente no parece importarle. Nunca parece importarle nada que no venga de su propio ser. Los pensamientos, acciones y opiniones si no los creó él, si no los ingenió él, carecen de relevancia. Los sentimientos de ella poco importan, únicamente cuando está verdaderamente molesta, le presta atención. Pero esto último casi nunca ocurre... Cuando van a dormir, ella casi no se mueve, su respiración es lo único que se siente, cualquier movimiento brusco, y no tanto, lo sacan a él de forma repentina del sueño, lo cual lo molesta sobremanera porque le cuesta bastante quedarse dormido nuevamente. Ella lo sabe, por eso lo respeta. Nada de dormir abrazados, nada de incomodarlo, nada de acercarse mucho, "que me da calor, me siento asfixiado". Ella yace siempre en el lado derecho de la cama, cerca de la ventana, así por lo menos puede ver a las parejas pasar, abrazados o tomados de la mano, mientras él duerme (o hace el intento de). Se desvela por días y noches enteras, hay semanas peores que otras. Por eso ella cede tanto, lo comprende tanto. Ella no es una mujer tonta (contrario a lo que pudiera pensarse, por ser tan sumisa). Sabe bien lo que quiere, por eso es capaz de soportar muchas cosas. La paciencia es una cualidad que ha aprendido a desarrollar a lo largo de su vida, sobre todo este último año, durante la ausencia de él. Está, además, perdidamente enamorada. Sabe que el crimen que su esposo cometió era necesario y, de alguna manera u otra, justo. Sabe, además, que no había otra manera de resolverlo. Él en las mañanas siempre quiere su dosis de amor. Ella no tanto, pero nuevamente cede. Lo que sí le gusta es que la abrace fuerte, él la complace, por treinta segundos pero la complace. Luego, comienza cada uno su día.

En su lugar de trabajo (el hospital) le han preguntado a ella muchas veces por qué estuvo él tanto tiempo ausente. Ella siempre sabe cómo relatar la mentira. No se le escapa ningún detalle. "Mi esposo trabaja para una organización no gubernamental, donde ayudan a los inmigrantes a conseguir empleo y a no dejarse explotar por los grandes empresarios. Protege a sus familias, los intereses de los obreros y, además, se encarga de velar porque las condiciones ofrecidas se cumplan a cabalidad. Tuvo que ir a hacer un curso a Panamá, donde todo lo referente a leyes y derechos de los trabajadores está verdaderamente bien estudiado. No cualquiera es admitido en el curso, que tiene un programa muy intensivo y demandante. A los postulantes los hacen presentar una prueba psicotécnica que incluye además uno que otro examen que no es revelado a aquellos que no estén dispuestos a llevar a cabo el curso con la entrega correspondiente. No cualquiera es admitido, seleccionado. Sólo aquél con mucha convicción, con real vocación. De hecho, la entrega al proyecto es tal que exigen que el postulante y potencial integrante del proyecto no se comunique con su familia (y amigos muy cercanos) sino una vez por semana vía correo normal (nada de Internet) para no desviarse de su tarea social, para evitar distracciones y flaquezas. Mi esposo, después de duras pruebas y de haber redactado una difícil carta de petición (tal cual un becario común) fue seleccionado en este maravilloso programa social, que es siempre un tanto misterioso, ya que hay muchas cuestiones de poder involucradas. Las grandes instituciones tiemblan frente a este tipo de proyectos, así que es mejor que pasen desapercibidos. De ahí que mi esposo durara un año ausente. Todo esto puedo contarlo ahora, porque ha sido exitoso. Ahora será mucho más difícil que los explotadores de antaño sigan aprovechándose tan ingeniosamente de la mano de obra inmigrante". Allí termina su relato, allí su mentira. Todos sus compañeros de trabajo, lo admiran, la admiran a ella, por tener un esposo así. "¡Qué vocación!" exclaman algunos, "¡cuánto desinterés por lo material!" proclaman otros, "¡demasiado sacrificio, yo no sería capaz de una cosa así, de entregar todo un año de mi vida para satisfacer a un grupo de desfavorecidos, cuán admirable es!", dice otro (su jefe). Ella, por su parte, no hace nada más que sonreír tímidamente, agradecida por los cumplidos. Para imprimirle dramatismo y entusiasmo al cuento, en ocasiones muestra una mirada nostálgica de aquellos días de soledad, muestra unos ojos vidriosos a punto de soltar par de lagrimones y baja la mirada, planteando que mejor cambien el tema, que incluso le da vergüenza no haber aplicado junto con él a ese programa, se siente un poco indigna al estar a su lado, no siente que lo merece. Los demás, la apoyan caritativos, compasivos.

El ex convicto, por su lado, trabaja en un hostel, atiende en la recepción, le va bien ahí. Logra caerle bien a casi todo el mundo y tiene la ventaja de dominar dos idiomas a la perfección, aparte de su lengua materna. Esos dos idiomas los estudió en su casi año de prisión. Cabe acotar, que es muy rápido mentalmente. Tiene facilidad de palabra, es afable, hasta parece bonachón. Está traumatizado por ese período de claustro, entonces tiene otros problemas aparte del sueño, la comida y la marihuana: No confía en absolutamente nadie. Esto último es una ventaja para el dueño del hostel, quien confía a su vez a plenitud en el ex convicto, porque sabe que sería incapaz de dejarse timar por "alguno de esos adolescentes extranjeros, medio locos, que vienen a quedarse aquí y lo único que hacen es desorden". Claro está que el dueño del hostel no tiene idea del pasado del recepcionista.


Una noche en que ella regresa a casa, vuelve a sucederse una escena similar (pero con un ligero matiz) a la que originó el encarcelamiento de su esposo. Pasa por una licorería, se compra una botella de ron, unos chicklets de yerbabuena (sus favoritos) y, en un abasto cercano, una bolsa de limones. Va a su casa, prepara sus acostumbrados tragos y bebe (como siempre) de más. El ex convicto llega a su vez, la ve en ese estado y se retira muy molesto a la habitación. No le gusta cuando ella toma, pero no puede decirle nada, porque él también tiene sus vicios (eso ella siempre lo recalca). Ella, ebria, pero no demasiado, se acerca a la habitación invitando a su esposo a que la acompañe en su bebida, él se niega rotundamente y allí comienza la pelea: Que si tú nunca quieres hacer ninguna de mis actividades, que si no me acompañas, que si te ves ridícula con ese vaso en la mano, que si no entiendes que vengo muy cansado, que si la música está muy alta, que si qué te crees tú, ¿mi papá?, que si hueles a hombre, bien sé dónde estabas metida, en una de esas fiestecitas con tus amigotes del trabajo, que si tú no piensas en que también necesito un descanso, que si tú crees que soy estúpida, sé exactamente quiénes albergan en los hostels... y un sinfín de reproches más. Como las cosas se van usualmente de control, él ya sabe cómo reaccionar, la saca sutil y disimuladamente del cuarto, se encierra con llave y la deja durmiendo en la sala. Al día siguiente, el tornado habrá pasado, como siempre, como casi todos los viernes, como casi todos los sábados, e incluso uno que otro domingo. Pero esta vez olvida (como hace un año y pico) cerrar con seguro la puerta de la habitación.

Ella, quien ya se ha servido el sexto o séptimo trago, regresa golpeando la puerta de la habitación y, al no recibir respuesta, suelta la botella que tiene en la mano derecha e intenta, con fuerza, abrir la manija. Lo logra. Con el vaso en la mano izquierda, sin cuidar que lo que queda en él no se le derrame, recoge la botella, se acerca al ex convicto, sigilosamente, y lo ataca por la espalda. Él, que se encuentra bastante relajado e inmerso en una nube de humo, no se percata de la presencia de ella y, repentinamente, siente un dolor punzante en la cabeza, producto de un botellazo propinado a sus espaldas. Como hace un año y pico él, algo atontado y muy adolorido, se voltea, intenta dominarla, pero ella, fuera de sí, no se lo permite. Comienza una lucha en la que el ex convicto evita golpearla a toda costa, pero se torna prácticamente imposible porque, inexplicablemente, su esposa posee una fuerza extraordinaria que deja traslucir cada vez que presenta alguno de estos episodios y, además, lo sigue amenazando con la botella (ahora rota) que utilizó segundos antes. Él se angustia, se desespera, al rememorar exactamente casi la misma escena... aturdido y ahora más adolorido, la toma fuertemente de los brazos y la empuja contra la pared más cercana, provocándole un aparente desmayo. "Esta vez ha sido peor que las anteriores", piensa tristemente. Ordena el desastre, limpia su herida, le retumba fuertemente la cabeza. No se le quiere acercar mucho, desea que yazca un tiempo más antes de hacerla reaccionar, a él dentro de todo le gusta el silencio, es algo que ella nunca le permite disfrutar. Suspira hondamente, casi resignado, se dirige hacia la sala, apaga la música estruendosa, lava los vasos, bota la basura, regresa a la habitación y barre los vidrios. No se cerciora del rastro de sangre en la pared, ni del charco que empieza a formarse alrededor de ella.

          

jueves, 29 de marzo de 2012

De lo que todos hablan en cualquier momento

A continuación transcribiré un extracto de una obra de Honoré de Balzac, quien aun habiéndose avergonzado de sus primeros escritos, nos regaló siempre majestuosidad en cada una de sus frases, incluso cuando en sus novelas no se enfocara únicamente en la historia francesa... Pero antes, quisiera exponer algunas ideas acerca del sentimiento del que hablamos todo el tiempo, del que creemos saber todo, al que creemos deberle todo y que inunda nuestros pensamientos, acciones e intenciones mundanas: El Amor

No pretendo definirlo ni mucho menos, sólo quiero anotar algunas frases sueltas, venidas a mi mente, e inclusive copiadas de las mentes de otros, tras la lectura de un cuento de Clarice Lispector (La mujer más pequeña del mundo), en la cual deja entrever que el amor no siempre está vinculado con algo bueno. Y estoy de acuerdo. El amor, en ocasiones, puede ser muy cruel. Pero no necesariamente por su contrario (el desamor, el amor no correspondido, la indiferencia, o como queramos catalogarlo), sino porque a veces el que ama lo hace de una forma tan intensa y egoísta, que al amado no le queda más remedio que resignarse, ya que luchar contra un sentimiento de posesión de tal fuerza, resulta prácticamente imposible. El que ama, asfixia, y el amado es irremediablemente asfixiado. Cuando hay correspondencia, la relación se vuelve más sutil, pero no perece. Muchos definen el amor vinculado con otros sentimientos y sensaciones como lo son el placer, el gozo, la satisfacción, la calma, la tranquilidad, la armonía, la caridad, la renuncia, el sacrificio, la música, la bondad, el orgullo, la entrega, la negación de las propias pasiones en función de agradar al otro, el ensueño constante, la posesión, la manipulación, el hecho de ceder a las decisiones del otro, el entusiasmo, la motivación, la admiración y un infinito etcétera. 

Lispector, por su parte, en el cuento arriba mencionado, lo expone con simpleza: "¿quién no deseó alguna vez poseer a un ser humano solamente para sí? Lo que, en verdad, no siempre sería cómodo, porque hay horas en que no se quiere tener sentimientos". Yo no tengo mucho más que añadir, quizá sí expresar que amar es siempre satisfactorio cuando hay la misma cantidad de tensión de lado y lado. Cuando ambos halan la cuerda con la misma fuerza, pero quién sabe si esto último sea sólo eso: una frase que deriva en la utopía. No quería referirme únicamente al amor de pareja, sino al amor en general, el que se siente por un amigo, por un familiar, por los animales, por la propia naturaleza, por los objetos, por uno mismo... en fin, pero el de pareja es el que termina dominando las conversaciones de los occidentales la mayor parte del tiempo... ¿no es cierto? Por ello, quise dedicar la nota a estas líneas de Balzac que, a su vez, me llevan a cuestionarme: Si nunca sentí esto... ¿vale la pena estar viva? Lo pongo en duda.

Béringheld a Marianine: 

"- ¿sabes lo que es el amor? - Aunque lo supiera, me gustaría ignorarlo, para oír siempre cómo lo describes tú, y aprender de ti si es verdad o no que te quiero.

Con estas palabras, Marianine dejaba perfectamente claro que sabía de lo que estaban tratando. Pero la naturaleza otorga a las mujeres ese arte de expresar lo que sienten mediante palabras que parecen decir precisamente lo contrario. 

- Marianine, amar es dejar de vivir para uno mismo; es conseguir que todas las pasiones humanas, temor, esperanza, dolor, alegría, placer, no dependan más que de un solo objeto; es sumergirse en el infinito y no ver nunca los límites a los sentimientos; es consagrarse a un ser de tal manera que sólo se viva y se piense para hacerle feliz; es encontrar grandeza en la humildad, dulzura en las lágrimas, placer en las penas y pena en los placeres; es, en definitiva, reunir en uno mismo todas las contradicciones. 
- ¡Entonces, te quiero! - susurró Merianine. 
- Es - prosiguió Béringheld exaltado -, vivir en un mundo ideal, magnífico y lleno de esplendor, porque hasta el cielo es más puro y la naturaleza más hermosa. Sólo puede haber dos maneras de ser y dos formas de dividir el tiempo: porque si las flores estás mustias, por muy puro que sea el azul del cielo, todo parecerá agostado. Es como si el mundo no contuviera más que un solo individuo: esa persona sería el universo para los enamorados... 
- ¡Te amo! - repitió Marianine. 
- ¡Amar! - gritó Béringheld, con la cara enrojecida por el derroche de toda la energía de su alma-. Amar es tener mil cosas que decirse cuando no hay un instante para verse, y no decir nada cuando se está cerca de la persona amada; es dar tanto como se recibe para esforzarse mutuamente en dar más y luchar con sacrificio. 
- ¡Estoy segura de quererte! - respondió Marianine-, cuya mirada extática habría hecho creer a cualquiera que era capaz de escuchar a través de sus ojos. 
- ¿Estás segura, Marianine? - dijo Béringheld. 
- ¡Sí! - respondió ella, sonrojándose. 
- Entonces, que sepas que estás destinada a sufrir penas y lamentos por una mirada o una palabra". 

Más adelante, tras la declaración de profundo amor de Marianine hacia Béringheld: 

"- Marianine, eso es lo que tú te crees en este momento, y de buena fe, no lo pongo en duda. Pero, pasados algunos años, ya no me amarás. ¡Desde luego no a mí, que siempre he soñado con el amor eterno! Tal amor no puede vivir en una naturaleza humana que, a cada minuto, parece adoptar una nueva existencia. Así que ni intentes serme fiel. Ni lo exijo, ni lo espero de ti...

- ¡Béringheld! Por esa luz tan pura que cubrirán las nubes, por estas rocas inmutables, por este lugar sagrado para mí, por toda la naturaleza, ¡juro que no he de amar más que a ti! Y en este altar, iluminado por el astro de la noche, me desposo contigo para siempre jamás... ¡Vete! Aunque hubieran de pasar más de veinte años, a tu regreso, encontrarías que tu Marianine te ha sido fiel, eso si el dolor de estar separada de ti no la ha inducido antes a la muerte. ¡Adiós!". 



¿Quién se anima a opinar sobre tan controvertido tópico? 

         

Pícaro paladar

Somos un grupo de cuatro. Estamos en el mar, ¡qué día soleado!, exclama Número 1, Número 2 asiente con un movimiento rápido de cabeza, mientras Número 3 y yo nos zambullimos, salimos a la superficie, volvemos a zambullirnos, aguantamos la respiración y nadamos ligeros. El sol está particularmente intenso hoy, por lo cual la playa está repleta de gente. Curiosamente, tenemos el sentido de la visión muy bien desarrollado y, por lo tanto, podemos observar a grandes distancias, e inclusive percibir detalles que para otros serían insignificantes: A lo lejos, se divisa un grupo de gorditos jugando con una pelota de volleyball. Hacia el lugar de las sombrillas, a la izquierda de la playa, algunos más pequeñitos construyen (o más bien, intentan construir) cosas con la arena, ellos dicen que "castillos", nosotros pensamos que no pueden estar más alejados del arte en este momento. Pero igualmente, se ven tiernitos. A nuestra derecha, a unos 15 metros de distancia, hay un bote. En el bote, debe haber aproximadamente unas 8 personas, 4 regordetas, 3 muy delgadas y 1 normal. Nos divertimos así: escogiendo quién luce de una manera, quién de otra. No distinguimos el sexo, únicamente su peso y la actividad que realizan. 

Número 3 es el más chistoso de nosotros, siempre dice que se ha sentido atraído por los más delgados, pero que sabe que en los más rellenitos "hay más sabor". Es muy caribeño Número 3, siempre tiene esas salidas musicales que nos alegran tanto a los otros. Nos conocimos un día por casualidad, nadando, Número 2 y Número 1 siempre son los más rápidos, pueden nadar kilómetros sin inmutarse, pero estoy dispuesto a asegurar que soy el más ágil de todos. No hay día en que no consiga el objetivo deseado, admirado. Todo gracias a que sé limitar la fricción contra el agua, haciendo mis desplazamientos mucho más fluidos. Ellos me aplauden, yo, me inflo de orgullo. Pero, aunque siempre he sido así, un poco arrogante, los admiro mucho a ellos. La velocidad, la agilidad para hacer de todas las situaciones un evento divertido y risible, son aptitudes y actitudes de las cuales, lamentablemente, carezco. Sin embargo, entre los 4, hemos logrado hallar un equilibrio tan armónico que desde hace un par de años somos amigos inseparables, y no sólo nos respetamos entre nosotros, sino que compartimos nuestras vidas casi a diario... Nos encanta nadar en lo profundo. El mar siempre salado, majestuoso, nos llena de calma, nos consuela, nos arrulla. Conocemos a otros, compartimos todos. Es muy hermoso este lugar. Es muy cálido, muy acogedor. Nos conmueven mucho los surfistas, ¡qué osados, qué valientes! Número 1 siempre se les queda viendo con los ojos bien abiertos, como embobado, como en medio de una ensoñación. A mí me gustan esos túneles que lograr armar con las olas, no debe ser tarea fácil ayudarse apenas de una tabla para lograr tales ondulaciones, tales espirales. 

Hay momentos en los que nos gusta más nadar en la orilla, allí sin duda sentimos menos libertad pero tenemos mejor visión y logramos, sin apuro, con detenimiento y clasificación, determinar qué persona, de las que están cerca de nosotros, nos atrae más. Número 3 siempre con sus chistes y sus enormes dientes torcidos, acompañando cada una de sus payasadas, nos hace prácticamente llorar de la risa y Número 2, el más recatado, silencioso y sigiloso, a veces nos exige un poco de discreción. Como no tiene muy buen carácter, guardamos silencio por algunos minutos, y luego empieza el bochinche otra vez. A veces, cuando estoy solo, miro el cielo y recuerdo algunas de nuestras salidas anteriores y sonrío. ¡Cómo nos encanta este lado de la playa! Las voces, unas lejanas, otras más cercanas, los gritos de los más grandes sobre los pequeños cuando se alejan de la orilla y se van mucho "hacia lo hondo", los pelícanos al ras del agua, escogiendo su presa, las nubes y sus formas caprichosas, el viento a veces hacia una dirección, a veces hacia otra, el sonido de las olas contra las piedras de eso que ellos llaman "malecón", el verde de algunas palmeras, los cocos caídos, el olor de la sal... la gente. 

Ocurre algo inesperado: Alguien del bote nos ha visto, nos pone mala cara y nos señala (quizá porque nos hemos acercado mucho a su espacio). Los demás, también empiezan a señalarnos, incluso a gesticular más de la cuenta y a uno de los más delgados se le ocurre lanzarnos algo. Nosotros no sabemos identificar muy bien qué es y tratamos de esquivarlo, ahora se ha roto la calma que nos guiaba en este día caluroso e iluminado, ahora estamos disgustados por esa reacción violenta de los dueños del bote. Minutos antes, Número 2 nos había comentado que, de pronto, se encontraba muy hambriento, nos había mirado malhumorado, había dejado de reírse de las bromas de nuestro compañero y había propuesto que nos retiráramos a buscar algo de comida. Pero ahora, tras el asalto de los del bote, nos pide que lo acompañemos a saciar su hambre, ya no tan lejos del lugar en el cual nos encontramos. Asentimos, un poco desconcertados por el griterío que empieza a formarse a nuestro alrededor, les digo a Número 3 y a Número 1 que cerca de la proa, donde están los 4 regordetes comiendo empanadas, es posible que encontremos algo para aplacar el antojo de Número 2. Nos acercamos más, incluso tranquilos, sin mucho aspaviento, no nos gustan los grandes escándalos, el sol calienta nuestra aleta, el agua salada impregna nuestra boca, miramos fijamente al regordete 1 y al regordete 3, escoge cada uno su víctima, nos abalanzamos sobre el bote, griterío y desconcierto opaca la serenidad del mar, los 3 delgados buscan redes, arpones, nos lanzan sus latas de cerveza helada, no logran dominarnos, leemos desespero en sus miradas, se alborota ahora mi hambre, la de Número 3 y la de Número 1, la saciamos...

Yo escogí al normal, antes de que terminara de pronunciar, entre alaridos, el nombre de nuestra especie. Sangre, latas, mallas, pedazos de madera, aceite, serenidad. Los otros, tras el innecesario enfrentamiento, se han retirado. ¡Qué ganas de echar a perder los domingos!


martes, 27 de marzo de 2012

La era de las cobijas dobles

Domitila, Eumitiano y Herófilo no conocen los reflejos del sol. Tampoco conocen las arañas, ni las abejas, ni las flores. Convivieron en un mundo ajeno al nuestro por una cantidad de años humanamente imposible de creer, y ahora, sin saber muy bien cómo llegaron a la ladera de una montaña (después de alejarse, inquietos, y rápidamente, de unas máquinas deformes y rimbombantes que los aturdieron bastante), se encuentran en  ese lugar que no pertenece al mundo que están acostumbrados a explorar. Domitila y Eumitiano son hermanos. Herófilo, el mejor amigo de ambos. Curiosamente, todos tienen la misma edad, unos ciento ochenta años de existencia. Esa cantidad de años equivale a apenas unos dieciséis de los nuestros

Los tres suelen pasearse por su mundo con frecuencia, aún cuando tienen siempre múltiples misiones que cumplir. A pesar de no tener sol, arañas, abejas o flores, disfrutan cualquier paseo que implique una caminata de más de quince dinajes (equivalentes, aproximadamente, a veinte kilómetros); sin embargo, Herófilo (menos acostumbrado que los otros dos a estos largos paseos) se cansa y se queja mucho, emitiendo alaridos inaudibles para los seres humanos, pero insoportables para ellos. Los hermanos lo ignoran, divertidos, pues a veces logran divertirse también con lo insoportable. Sus reglas de vida son pocas, pero justas (como lo definiríamos nosotros), no interfieren en los asuntos de nadie, a menos que alguien con problemas severos se los ruegue, pero eso casi nunca ocurre. Se alimentan únicamente de calabazas. El agua es inexistente en su mundo, pero tal cual los koalas, absorben los nutrientes necesarios para su subsistencia de árboles parecidos a los eucaliptos, pero no son tales. En su mundo, no hay cambios de temperatura demasiado extremos, por lo tanto, no conocen el concepto de frío o de calor. 

Ellos poseen infinidad de libros, muy antiguos, robados de nuestro planeta por unos personajes parecidos a Domitila, Eumitiano y Herófilo, hace más de mil cien años (fines del período Clásico). Todo lo que saben de nosotros, está escrito en esos libros. Es decir, desde ese tiempo, no conocen más nada de La Tierra, no saben de la historia ni de las guerras posteriores, ni de todos los avances tecnológicos representativos de nuestra actualidad. Ahora que se encuentran aquí, todo resulta más complicado de lo que una vez aprendieron, por razones obvias. Además, en principio, no están del todo seguros de saber si se encuentran en La Tierra, porque ahora todo está muy ruidoso y contaminado. Lo único que les permite inclinarse a esta idea, es la existencia de eso que no conocen en lo absoluto, pero que estaba muy bien descrito en sus libros, en los que se señalan, precisamente, las peculiares características del astro rey. Manejan veinticuatro idiomas humanos a la perfección y apenas dos dialectos extraterrestres, porque no tienen la edad necesaria para saber los cuatro de su planeta. 

Esta vez no tienen misión, sólo están perdidos. Descubren, a su paso, sonidos nuevos y colores nunca antes vislumbrados. El canto de un animal alado, luego de dar de comer a sus crías; el aleteo rápido y grácil de un colibrí; el penetrante zumbido de un insecto, de dos, de tres; el viento contra las hojas marchitas, verdes, amarillas; grillos contentos por la lluvia del día anterior y chicharras chillando por más agua, más rocío; arroyuelos, desenfrenados unos, ligeros otros; maracas distantes; en fin, toda clase de sonidos nunca antes percibidos los acompañan ahora en su ¿travesía?, ¿aventura?, ¿desventura?, ¿quién sabe...? Sólo esos tres seres etéreos, abstractos, surreales, distintos a todo lo que en La Tierra se ha visto hasta hoy, deambulan ahora por senderos frondosos, bordeando abismos, respirando olor a tierra seca, tierra mojada, pisando hojas (frescas, tostadas por el sol, caídas a destiempo otoñal), oliendo flores (sobreviniéndoles el estornudo, nada propio de su lugar, y produciéndoles ataques subsiguientes de risa), escalando cansados, sin rumbo, pero sin desespero, maravillados, contrario a lo que pudiera pensarse... 

No podré detenerme mucho en los pormenores de su planeta, al menos no por ahora, porque no he logrado que me lo contaran todo, la comunicación con ellos no ha sido del todo sencilla, no por barreras del lenguaje, sino por lo reservados que suelen ser (yo pensaría más bien en una clara desconfianza, aunque ellos insisten que no, que todo a su tiempo). Lo que sí deseo confesar, con los más mínimos detalles, es cómo los conocí, ya que fue una experiencia impresionante. Estaba abrazando una roca por la que caía agua tan fresca que casi congelaba mis pequeños dedos, los rayos de la luz solar traspasaban algunos de los frondosos árboles y se formaban pequeños arcoiris a mi alrededor. No exagero, el lugar es hermoso. No hay muchos adjetivos que me ayuden a describirlo mejor. Sin embargo, con la distracción que producían en mí los múltiples colores, resbalé de la piedra en la que estaba empinada, y caí en un río nada profundo pero bien rocoso, por lo que tuve la precaución de levantar un poco la cabeza, no fuese a golpearme y quedar inconsciente. Y así fue: logré evitarlo. En ese momento, acudieron en mi ayuda tres extraños seres que me tendieron una mano translúcida, dedos muy finos y largos, que parecía que pudiera pasar a través de ellos, en lugar de asirlos. Pero no, apenas intenté tocarlos, para lograr levantarme del río, se volvieron corpóreos y me sujetaron firmemente. Una vez que lograron levantarme y llevarme a un terreno menos violento, los pude ver mejor. A simple vista parecían fastasmas (tal cual nos han sido descritos por los medios de comunicación: incorpóreos, de un blanco enceguecedor, casi transparentes), pero con un tenue contorno, sus cuerpos parecidos a los nuestros, pero no tan definidos, las extremidades más largas, sus pies tocando el suelo pero en apariencia flotando, grandes bocas casi siempre sonrientes, sin ojos pero con órbitas evidentes y de colores cambiantes según las tocaran los rayos de sol. En ese momento pensé que quizá estaban hechos de lo mismo (agua y luz) que los arcoiris que se formaban a mi alrededor minutos antes...


Nunca sentí miedo, pero sí estaba muy asombrada y agradecida de que me hubiesen ayudado con tanto desinterés, con tanta ternura. Allí comenzó nuestra charla, hay cosas que no recuerdo muy bien de su narración (estaba atontada con sólo la visión de esos seres extraordinarios); el cómo llegaron a esa montaña será siempre un misterio, ellos dijeron que tenía algo que ver con cuestiones físicas de espacio - tiempo (pensé de inmediato en la teletransportación, pero cuando intenté explicarles, me detuvieron en seco, pero nunca de una manera descortés, alegando que ellos no creían que pudiera suceder tal cosa y que yo estaba elucubrando, así que decidí guardar silencio), que más bien tenía que ver con una combinación diferente de la materia, con la dualidad onda partícula y la mecánica cuántica. Traté, por lo tanto, de hablarles, de contarles acerca de lo que habíamos descubierto los humanos, de Einstein, de Heisenberg, de Penrose, de Schrodinger, de Stern, entre otros genios, y sentí que me ignoraron, restaron importancia a mis palabras (sin embargo, en más de una ocasión vi que ella, Domitila, emitía una especie de señal en la órbita de sus ojos, parecidas al gráfico del electrocardiograma, cada vez que yo mencionaba alguno de esos apellidos). Cambiaron el tema ágilmente, estudiándome de cerca (investigándome, oliéndome, percibiéndome). Inclusive, en un momento llegué a sentir que Herófilo pudo entender mi asombro, así como mis agolpados pensamientos, y posó su magnífica mano sobre mi hombro izquierdo, como consuelo. Luego, conversamos de temas triviales, me hacían demasiadas preguntas y cada vez que los imitaba, porque tenía mi propio cuestionario mental, alguno me interrumpía con otra pregunta todavía más trivial, más insípida.

Luego, miré el reloj y habían pasado más de siete horas..., no sentí nunca hambre, ni sed, estando a su lado, pero "ya debería estar oscuro", pensé, pero no, seguía todo igualmente iluminado como hacía un par de horas atrás. Cuando me cercioré que la claridad no venía del cielo, sino de ellos, consideré que era mejor retirarme, aunque quería llevarlos conmigo. Se negaron de manera rotunda, pero me pidieron más libros, encarecidamente. Por supuesto que jamás les negaría tal favor después de tan grata compañía, además me dominaba una curiosidad nunca antes experimentada, y les dije que los vería en el mismo lugar al siguiente día (pero los sorprendería con una computadora, ¿para qué llevarles un libro, si podría entregarles infinita información a través de la red?). Y así lo hice. ¡Cuál no sería mi asombro! Al volver los vi, encantada me acerqué, pero tanto Domitila, como Eumitiano y Herófilo estaban un poco más corpóreos, con los rasgos más definidos, más parecidos a los nuestros. Al acercarme a ellos, Eumitiano vino a mi encuentro para recibir mi sorpresa. Cuando tomó entre sus manos (ahora más blancas y menos translúcidas) la computadora, la rechazó nauseabundo, recorrió por mi cuerpo un escalofrío y Domitila se interpuso entre ambos, para evitar desatar la ira de su idolatrado hermano. Como leyó en mis ojos la vergüenza, me tranquilizó diciendo que éso no lo querían ellos, deseaban cosas escritas de puño y letra de los hombres, que computadoras tenían muchas, que redes también, que querían cosas reales, palpables, con olor, con color, con sabor, con sonido (si era posible). Me disculpé inmediatamente, cabizbaja. Eumitiano me miró agradecido y, a su vez, me ofreció disculpas por su actitud iracunda de minutos atrás. De todas maneras, dijeron: "quédate con nosotros hasta el anochecer, como ayer, háblanos de música, de sensaciones, de sentimientos". "Yo de esas cosas no sé mucho", les contesté. "Soy más bien bastante escéptica, poco artística, poco sensible..."; pero no les importó... Me preguntaron qué es el amor, qué el odio, qué la rabia, qué la humildad, qué la desesperación, qué el miedo, qué la pasión, qué el frío (que ahora empezaban a sentir irremediablemente y para el que requerían algo que los protegiese las noches que se sucederían), qué el calor, qué la verdad, mi verdad, y yo me iba poniendo cada vez más blanca de los nervios, casi tanto como ellos. Sin embargo, a pesar del incansable cuestionario, fue uno de los mejores días de mi vida, reí a carcajadas, los pájaros de nuestro alrededor se escandalizaban y volaban alto, muy alto, tras esa, mi siempre risa chillona. Además, lloré como nunca y me sentí en una fraternidad hasta ahora no experimentada. Les prometí que al tercer día llevaría lo acordado, incluyendo cobijas, además insistí en prepararles algún platillo terrenal distinto a las calabazas que, confieso, ya me tenía un poco angustiada el hecho de que no conocieran otros placeres humanos. Asintieron, a su vez, agradecidos. 

Volví, con muchos libros y algunas mantas. Mis hombros soportaron un peso que antes no pensé serían capaces de soportar. De hecho, andaba más ligera en las calles, las atravesaba rápidamente, casi sin ser percibida por los otros, antes de adentrarme en la fabulosa montaña. Al entrar al ahora nuestro lugar, estaba Domitila practicando alguna danza, desconocida para mí, con Herófilo, mientras Eumitiano dormitaba bajo un arbusto.

Al acercarme, vi cómo tres humanos se acercaban, ojos en órbita, extremidades muchísimo más definidas, que ya no flotaban sobre el suelo, sino que caminaban gustosos, pisando firmemente, e incluso los noté un poco malhumorados por el calor diurno. Aunque ilusionada estaba por el tercer encuentro, sentí algo de decepción al verlos, se parecían demasiado a nosotros, perdían su condición etérea, su no mirada tierna, su luz. Esa decepción no fue suficiente para mí, mi buena disposición y mi buen humor no eran tan frágiles ahora.


Yo, en cambio, al aproximarme a ellos, sí me sentía ondeando, escuchando una música hasta hace unos pocos segundos inaudible, navegando por el piso, si es que eso es posible, y al estar a un diesiseisavo dinaje de ellos, me desprendí sin voluntad de los objetos que traía, me elevé incorpórea, profundamente armónica y feliz, mi boca se expandía, me olvidaba de sabores, sensaciones y olores, me desprendía de recuerdos de mi niñez, de mi adolescencia, de mi adultez, dejando una estela de colores indescriptibles tras de mí, mientras los mundanos (Domitila, Eumitiano y Herófilo), evidentemente resignados y entristecidos al observarme, aclamaban: "Así es como tiene que ser...".




martes, 20 de marzo de 2012

La arrogancia requerida

Arrogancia, dos definiciones se ofrecen, generalmente, en los diccionarios comunes: 1) Actitud de la persona orgullosa y soberbia que se cree superior a los demás. Altanería, altivez. 2) Valor y decisión en la forma de actuar. Gallardía. 

¿Nunca se han sentido al menos un poco arrogantes? Si la respuesta inmediata es "no", repensemos. 

En las entrevistas de trabajo, por mencionar apenas un ejemplo, nos piden que nos describamos. Que digamos cuál es nuestra mayor virtud, cuál nuestro mayor defecto. Muchos han optado por confesar que su mayor defecto es "ser perfeccionistas" (respuesta inteligente, de doble filo, que deja traslucir, en definitiva, cuán arrogantes somos). Sí, detrás del perfeccionismo anhelado y confesado, con orgullo o sin él, reside la arrogancia. El hecho de creer que nadie haría mejor una tarea que nosotros mismos, esconde la temida y mal vista arrogancia. Esa virtud (para mí más virtud que defecto) resulta atractiva. Quizá por ello, esos muchos, descritos anteriormente, eligieron ese defecto que mejor los describe en una entrevista laboral. Muchas veces he tratado de evaluar si están en lo correcto, si de verdad captarán de esa manera, la atención de manera positiva. Y ha sido una tarea verdaderamente retadora.


Hecho: Van a una fiesta. Hablo desde el punto de vista femenino. Esto último tenía que aclararlo, por si acaso surgen objeciones (que siempre son bienvenidas). Vuelvo, salgo de mis múltiples tangentes... van a una fiesta: Conocen gente nueva, comienza a hablar alguno de los invitados. Habla para todos, si es que tiene facilidad para expresarse en público. Ese mismo que habla para todos, eleva un poco la voz (por la música de fondo, a veces estridente; las risas esquinadas de otros tantos que no están plenamente integrados en la conversación que dirige el invitado hablador; algunos criticándose entre sí, distraídos; otros en la cocina hacen ruidos preparando los tragos, los pasapalos, etc.). Ese que habla, mira a los oyentes a los ojos. Desarrolla un tema, se expresa bien, mueve los brazos, sonríe. Si no dijo nada fuera de lugar, captará la atención (generalmente de forma positiva). Ese que habla para todos se hace el modesto, a veces, se pone en ridículo a sí mismo para generar empatía con la audiencia y compasión de la misma frente a los hechos narrados (mejor aún si son avergonzantes). 

Algunos de los oyentes hasta suspirarán (en sus adentros, claro está, y más si ya tienen unas copitas de más encima): "¡Qué elocuente!, ¡cuánta verdad!, ¡se las trae, el/la tal Fulanito (a)!, ¡sí, claro, además de pensar bien, se expresa bien!". Ese que tuvo la osadía de hablar, sin duda, aprovechó la ocasión (de forma consciente, o no) para seducir. Y no estoy inventando nada nuevo (¡lamentablemente!), sucede siempre, desde siempre y, para siempre, seguirá sucediendo. Sobre todo en política. Ya Platón y Aristóteles se encargaron de todo este asunto hace mucho rato y los teóricos de la argumentación lo describen en mayor detalle y con mucho más fundamento. Lo que yo deseo ampliar son estas definiciones propuestas por el diccionario (tanto la positiva, la número 2, como la negativa, la número 1) de la arrogancia. Nos empeñamos durante las llamadas conversaciones de café (aunque lo que termine tomándose uno sea una cerveza o un simple, pero sabroso, té con limón) en desteñir y desinflar a aquellos que no nos parecen humildes... "¿Qué se creerá?" solemos cuchichearnos los unos a los otros cuando queremos dejar en claro que el ego ajeno nos molesta, nos perturba. Pues pienso que, precisamente, el ego es lo que mantiene las sociedades, tales y cuales las conocemos. Esa seguridad que transmite, a través de una charla fiestera, el/la que se ha atrevido a hablar es una de las virtudes más admirables que conozco. Una de las que, sin duda, con copitas o no, me haría suspirar. ¿Por qué pienso (y seguramente no soy la única) mantiene la existencia de las sociedades? Por un fenómeno práctico y biológico: la selección natural. O al menos eso creo. No es sólo una cuestión física, de estética, de olor, de hormonas, de atracción, de tono de voz, de química, en fin, es también una cuestión de saber imponerse frente al grupo. Esa imposición, si está dotada de arrogancia, permitirá, sin duda, que ese suspiro se convierta en algo más, admiración quizá (o envidia los más de los casos). Esa huella territorial que graban algunos seres humanos a través de la expresión oral de pensamientos diversos, en reuniones comunes y no tan comunes, permite a la audiencia descartar. Descartar quién será el líder de ahora en adelante... seleccionar a quiénes quisiera invitar más seguido... ¿o no?

Las ideas que consideramos las mejores, los chistes que consideramos los más graciosos, los mandatos que consideramos los más idóneos (para que se desarrollen los eventos más cómoda y fluidamente), provienen siempre del que se atrevió a hablar. Romper el cascarón, vencer el miedo o la vergüenza, opinar, elevar la voz, sonreír, mirar y parpadear, dejar mostrar las emociones de vez en cuando precisamente para conmover a los interlocutores, son todas estrategias que, conscientes o inconscientes, atrapan a cualquiera, hasta al más exigente. 

Me pregunto para qué servirá mentir en una entrevista y confesar que nos encanta trabajar en equipo. Supongo que la mayoría de las personas que se tomen un tiempito para leer esta nota se acordarán de aquella vez en que todo el trabajo lo hicieron ustedes solos, porque no confiaban en los demás (y lo peor del caso es que ni les importó), o que terminaron corrigiendo aun la versión final de tal o cual proyecto esa madrugada previa a la entrega, porque no estaban seguros de que Sultanito (a) se hubiese cerciorado de que todo estuviese bien escrito y explicado lo mejor posible, o hubiese sido, en definitiva, tan detallista como ustedes. Y hay más. Alguno también recordará cómo su mejor amigo en la universidad le sopló que tenía un error en la respuesta y, sin embargo, NO lo corrigió. 

No pondremos en duda que por la existencia de la arrogancia, se hacen posibles nuevos inventos e investigaciones, se abre paso a la tan alabada y requerida evolución. El reto que supone creernos superiores que el de al lado y mejorar lo propuesto anteriormente, nos permite a las sociedades crecer cada día, un poquito más y otro más... No olvidemos que uno de los puntos clave que exigen los altos y despreciables empresarios reside en la "proactividad" o la "optimización" de los procesos ya existentes...  

Pero hay otro tipo de arrogantes, los que encasillo en la definición número 1. Esos son los arrogantes escondidos. Son los arrogantes que no se atreven a hablar en las reuniones, que no confiesan que su defecto es el perfeccionismo y que serían incapaces de alardear sus éxitos, pero que sí ventilan sus fracasos. Particularmente, les tengo menos admiración y en ocasiones incluso más confianza. Paradoja que resulta un poco difícil de interpretar, incluso para mí que deseo entenderlo (y expresarlo) lo mejor posible. Lo trataré de explicar enseguida. De estos arrogantes siempre me estoy esperando que creen algo, que mejoren algo, que confiesen algo (porque estoy segura que si lo hicieran, si algún día se atrevieran a, serían sencillamente insuperables). Los arrogantes escondidos no escriben (aunque consideran que todo lo escrito es mejorable por ellos), no hablan (aunque saben que podrían expresarse mejor que los parlanchines), no crean (porque no quieren opacar al resto del mundo). Esos arrogantes escondidos no hacen sino quejarse de lo existente, pero no lo mejoran ni se enfocan en, porque sencillamente "no vale la pena" o se sentirían un arrogante más del montón. Son patéticos y genios. Son infames y con alto coeficiente intelectual. Su paso por la tierra no deja una huella, ni dos, no son líderes ni nunca lo serán (y poco les importa), desprecian todo lo creado, se indignan muy a menudo y admiran (o envidian), en secreto, a los arrogantes número 2, quienes fueron capaces de vencer el miedo e innovar y mejorar (y, en las palabras de un arrogante número 1, "hacer el ridículo"). Estoy casi segura que los grandes, los grandiosos, los magnánimos, históricamente hablando (Copérnico, Da Vinci, Galilei, Darwin, Watt, Einstein, Newton, Pitágoras, Arquímedes, y pare Ud. de contar), pertenecen a esta categoría pero que superaron los miedos y vencieron los prejuicios, convirtiéndose en la definición 2.  

No se sientan halagados los que se catalogaron en la definición 2, pues estoy dispuesta a aseverar que todos tenemos un poco de ambas. Lamentable (¿o afortunadamente?), unos más de la 1 que de la 2, pero ese es otro tema. Quien carece de arrogancia (1 ó 2), no surge, no impacta, no enferma, no inventa, no evoluciona, no apasiona, no sufre, no seduce, no enamora...